Recicladores en Chosica
Todos tratamos de deshacernos de las cosas que no nos sirven, lo inservible para nosotros, pero ¿qué pasa cuando existen personas que viven de nuestros desechos? En Chosica, los recicladores informales recolectan basura a diario para poder sobrevivir con algunas cuantas monedas. Esta es una lucha constante por sobrevivir día a día.
Por Pamela Licetti
Esa mañana el sol brilló más de lo normal, las calles se comenzaron a llenar de gente, los comercios abrieron y ambulantes aparecieron ofreciendo mil y un productos. El día comenzaba
para todos en especial para Florencio Hurtado, un señor de pequeña estatura de piel morena por la inclemencia del sol que vestía unas zapatillas, polo y pantalón jean magullados. En una mano llevaba su costal cuidadosamente doblado y cuando era necesario llevaba su carretilla de metal. No le tiene miedo a la suciedad siempre y cuando pueda rescatar de los tachos de basura o del piso una botella descartable o cualquier cosa que pueda vender, de una ciudad en donde se produce casi un kilo de basura por persona y cada dos días se puede llenar hasta el tope el nuevo Estadio Nacional.
Todos los días hace el mismo recorrido de su casa al paradero, descendiendo primero por un camino de tierra hasta llegar a la pista asfaltada, que indica que ya se está por llegar. En el camino me va contando sobre sus pequeños Joselyn y Juan, de 5 y 6 años, y de los deseos que tiene por que salgan adelante y no se repita la historia. Florencio les trata de dar todo lo que está a su alcance, pero cree que no es suficiente para que puedan progresar. -“Ellos todavía no se dan cuenta”- , susurra. Pero está contento porque sus hijos junto con su esposa Nelly se unen a él en la faena diaria, ellos después del colegio y su esposa después de hacer la comida y atender a sus hijos cuando llegan de estudiar. Mientras va caminando con la mirada pareciera que penetrara cada rincón y va peinando la zona zigzagueando la cabeza de principio a fin. No ve nada que le sirva hasta que llega al mercado y pasa de puesto en puesto. Los comerciantes lo conocen y ya le tienen guardado su “paquete”. En él se puede ver cajas de cartón, envases de gaseosas, varias envolturas de los paquetes, algunas latas de leche y papel bond usado. Florencio siempre con una sonrisa a cambio recorre todo el mercado.
El sol es tan fuerte que se le ve a Florencio agotado y jadeante, eso no es un obstáculo, con el sudor en su frente y costal en mano camina con paso firme como uno más de los 100,0000 recicladores de basura en el Perú. Ningún desecho es inservible todo va a su costal, para él significa unas monedas más. La gente lo mira con recelo como si fuese un loco y hasta con antipatía. Su costal está casi lleno, en el parque pudo recoger varias cosas y repentinamente sus pequeños hijos y esposa aparecieron detrás. Los niños corrían adelante cómo si la vida fuese sólo para jugar y saltar, en cambio Florencio y Nelly caminan a paso lento arrastrando los pies. Pierden de vista a sus hijos, pero parece que es cosa de todos los días y al pasar unas cuantas horas regresan felices con sus pequeñas bolsitas llenas de botellas. Llenan todo en el costal de la mamá y se quedan a su lado. Los niños cuentan las botellas como si fuese una competencia y sonríe el ganador.
Al oscurecer pasan por la avenida principal las galerías y librerías hacen lo suyo: ponen sus desperdicios afuera de sus negocios en seguida cogen rápidamente todo. Florencio reconoce que no son los únicos siempre hay competencia, ve a familias hacer lo mismo, pero a él no le importa mucho pues con su esfuerzo y fortaleza todo lo puede. Ve a sus hijos medios cansados y aburridos y les decide comprar una mazamorra de sol en una pequeña carretilla ambulante.
Alza la mirada para ver lo oscuro que está el cielo y dice –“Es hora de regresar “-, le dice a su esposa y se encaminan al centro de acopio siempre mirando al piso para recoger algo bueno, pasan el puente de madera suben unas escaleras para llegar a la falda del cerro, en Sauce Grande queda la recicladora, no muy lejos de donde están. Cuando llega deja su costal al lado pues hay varias personas esperando en cola y se sientan todos en la acera.
La cola fue avanzando, era el turno de Florencio que dejo caer su costal en el suelo y puso en orden todo sobre una gran balanza electrónica sucia que apenas se le podían ver los números. Primero el plástico, luego los cartones seguidos de los papeles y, por último las latas multiplican y suman. 25 soles salen el total. Lo recibe con mucho entusiasmo y a la vez va contando todas las monedas. Todos se pusieron de pie y con una sonrisa en los labios se fueron a su hogar a recuperar fuerzas para el día siguiente.
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